La estructura psicológica humana es compleja. Como afirma Robert Dilts, tanto el cerebro humano, como cualquier sistema biológico o social, se organiza por niveles.

Estos niveles pasan por determinar nuestra identidad, nuestras creencias, nuestras aptitudes, nuestras conductas y nuestro entorno. Además, nuestro cerebro está diseñado para la supervivencia, de ahí que trate de optimizar en todo momento los recursos energéticos disponibles. Esto explica cómo a la mínima aparición de algún tipo de tensión entre cualquiera de nuestros niveles psicológicos, se ponen en marcha distintos mecanismos para tratar de paliar los efectos tensionales que se acaban produciendo.

Las personas tendemos a procurar lograr una coherencia entre nuestros distintos niveles psicológicos, por ejemplo, entre nuestras creencias y nuestros comportamientos. ¿Qué ocurre entonces cuando se produce una excepción? ¿Qué ocurre realmente cuando se percibe una incoherencia en el interior de nuestra estructura de pensamiento? Se produce lo que Leon Festinger denominó disonancia cognitiva. Se trata de la tensión o ansiedad mental que se produce cuando aparecen evidencias de que una creencia, decisión o comportamiento es incoherente con nuestro propio sistema de pensamiento. Es decir, se produce un conflicto al tratar de mantener dos tipos de pensamientos de forma simultánea. Lo que demuestra la teoría de Festinger es que cuando se produce esta situación, nuestro cerebro, de forma automática, se esfuerza en generar pensamientos, creencias o ideas que traten de minimizar e incluso hacer desaparecer dicha tensión psicológica. La disonancia cognitiva implica incoherencia entre actitud y acción. Como afirman los psicólogos Robert A. Baron y Donn Byrne: «Desgraciadamente, la disonancia cognitiva es una experiencia muy común. Cada vez que dices cosas que realmente no crees, que tomas una decisión difícil o descubres que algo que has comprado no es tan bueno como esperabas, puedes experimentar disonancia. En todas estas situaciones hay un salto entre nuestras acciones y nuestras actitudes que tiende a hacernos sentir bastante incómodos».

La causa primaria del desorden en nosotros mismos es la búsqueda de la realidad prometida por otros. Krishnamurti

Este estado psicológico explica nuestra tendencia natural hacia la autojustificación. Por ejemplo, la ansiedad o tensión que conlleva la posibilidad de que hemos tomado una decisión equivocada o de que hayamos hecho algo incorrecto, puede llevarnos a inventar nuevas razones o justificaciones que apoyen nuestro comportamiento. Como decía anteriormente, nuestra mente no soporta la simultaneidad de dos pensamientos contradictorios o incompatibles, avocándonos irremediablemente y entonando el son de la supervivencia al justificar la contradicción que se produce, aunque sea mediante ideas totalmente descabelladas. Recuerdo como un amigo de la juventud se inventaba excusas para no salir, del tipo: no tengo ropa o pantalones limpios que ponerme, o me acabo de comer una lata de atún y me he hinchado. Sin duda era la nota de humor de cada fin de semana.

Como afirma Festinger, la tendencia natural de nuestra mente es tratar de reducir la tensión producida por la disonancia cognitiva de la forma más efectiva posible, pero claro, lo hace a través de la vía rápida al más puro estilo Groucho Marx: «Éstos son mis principios. Si no le gustan tengo otros». Esta solución que al cerebro le basta, a nosotros nos aparta del camino, nos aleja de la efectividad. La solución es aprender a pensar y decidir de forma correcta para anticiparse a las incoherencias y desarrollarlo como un hábito.

El paradigma actual es radicalmente diferente al que tan sólo existía hace unos años. Vivimos inmersos en lo que se conoce como un entorno VUCA, es decir, un entorno en el que existen unos elevados componentes de volatilidad, incertidumbre, constante cambio y ambigüedad, que acaban impregnándolo todo. En esta situación, la adaptabilidad se convierte en una competencia clave. Por otro lado, la naturaleza del trabajo ha cambiado. Nos encontramos sumidos en lo que Peter Drucker denominó trabajo del conocimiento. Un tipo de trabajo nuevo en el que definir qué hay de hacer y cuándo está hecho resulta indispensable, y en el que además, como afirma José Miguel Bolívar, la contribución de valor de todo aquello que hacemos es tremendamente desigual, por lo que pensar y tomar decisiones cobra un protagonismo absolutamente relevante.

En el trabajo del conocimiento la efectividad implica hacer de forma correcta las cosas correctas. Las cosas correctas son aquéllas que están alineadas con nuestro propósito, con nuestros principios y valores y con los resultados que queremos alcanzar. En este sentido, la efectividad implica equilibrio, y por tanto coherencia, ya que la falta de este valor acaba produciendo tensión psicológica e incluso ansiedad y estrés, arrastrándote inevitablemente a la autojustificación, porque como habrás podido comprobar, la incoherencia perjudica seriamente tu efectividad.