En ocasiones hay libros que pasan meses sin ser leídos en el estante de tu biblioteca sin explicación ninguna, y cuando acabas por fin de leer uno de ellos te preguntas, ¿cómo tardé tanto tiempo en decidirme a leerlo?

La biología de la creencia, del Dr. Bruece H. Lipton, es uno de esos libros, y que he tenido oportunidad de terminar de leer en los últimos días. Confieso, como podrá ver el lector por el título de este blog, que el tema de las creencias es algo que me fascina enormemente, dado que sólo cuando comencé a cambiar las mías, pude comenzar a vislumbrar un horizonte drásticamente diferente al que tenía por delante. Según el Dr. Bruece H. Lipton, las creencias actúan como filtros de una cámara que cambian la forma con la que vemos el mundo, impactando incluso en nuestra biología, algo realmente fascinante.

Las creencias no son ni más ni menos que las normas o reglas según las cuales basamos nuestros comportamientos, por lo que son principios de acción. Nuestro cerebro suele construirlas básicamente en función de nuestras experiencias y de otras informaciones procedentes de nuestros sentidos, actuando en todo momento como si fuesen absolutamente ciertas. El problema con las creencias surge a través del pésimo proceso de validación que usa nuestro cerebro para integrarlas como información útil. Por un lado las informaciones sobre las que se basan suelen ser escasas y poco significativas. Por otro lado no suelen revisarse de forma periódica, por lo que suelen quedarse fijadas en nuestra psicología como si fuesen válidas en todo momento.

Nuestro cerebro funciona como cualquier sistema biológico organizado por niveles. Ello implica que podemos tener diferentes niveles de pensamiento. Según Robert Dilts, desde un punto de vista meramente psicológico, son cinco los niveles con los que las personas solemos trabajar durante la mayor parte del tiempo. El más elemental se corresponde con nuestro entorno o ambiente, el cual nos proporciona las restricciones externas. Interactuamos con el entorno mediante nuestras conductas, que a su vez están regidas por nuestros mapas mentales o estrategias, las cuales definen nuestras aptitudes, que se organizan mediante nuestro sistema de creencias y que se apoyan a su vez en nuestra identidad.

Cuando hablamos de productividad, hablamos de hábitos, los cuales se apoyan en comportamientos repetidos que a su vez responden a nuestro sistema de creencias. Mucha gente suele plantear que GTD resulta difícil de aprender, y la verdad es que la dificultad de aprender la metodología es independiente de ella misma, siendo la clave para entender esto el desaprendizaje. Para desaprender tenemos que cambiar nuestras creencias productivas que soportan nuestra conducta, ya que hacemos lo que hacemos porque creemos lo que creemos, y cuando basamos nuestros comportamientos en creencias obsoletas lo que conseguimos es frenar nuestro aprendizaje y nuestro crecimiento. Esto además tiene un impacto directo en nuestros hábitos, que como sabes son la base fundamental de la productividad.

Si quieres mejorar tu productividad, el primer paso es cambiar tus creencias. Esto te llevará a nuevos comportamientos que repetidos de forma periódica durante un tiempo, se traducirán en nuevos hábitos productivos.

En una ocasión me contaron un cuento sobre un halcón que creía no sabía volar. Permanecía siempre apoyado en su rama sin moverse esperando en todo momento ser alimentado por su dueño. En una ocasión a alguien se le ocurrió cortar la rama donde se apoyaba la bella rapaz, y agitando sus grandes alas doradas, se dio cuenta que podía volar, cambiando su vida para siempre. Así es que si quieres aprender GTD para comenzar a mejorar tu productividad, comienza cortando la rama sobre la que te apoyas, cambiando tus creencias productivas, porque una de las claves de cambio en el trabajo del conocimiento está en desaprender.